A. MacIntyre vs. H.
Frankfurt
En su último libro MacIntyre
recuerda lo propuesto por el filósofo moral contemporáneo Harry Frankfurt
(1929-2023). Desde su perspectiva, los agentes humanos tenemos la capacidad de
reflexionar sobre nuestros deseos a fin de reconocer «lo que realmente nos
importa». Aquello que «nos importa» depende en parte de nosotros, pero también
ocurre que hay cosas que «no podemos evitar que nos importen».
Para
este filósofo, cercano al expresivismo, no existen criterios objetivos para
establecer algo como «inherentemente importante». Para Frankfurt, «lo que
efectivamente nos importa» establece, de algún modo, «lo que debería
importarnos». En síntesis, aquellas cosas que «efectivamente amamos» legitiman de
por sí nuestros propósitos. A su vez, para Frankfurt, la racionalidad no puede
desempeñar papel alguno en la determinación de nuestros propósitos, puesto que
el amante no depende para su amor de razones de ninguna clase. Al contrario, es
el amor (el deseo de) lo que «crea razones». De este modo, si algo nos es
amado, si deseamos algo con intensidad amorosa, significa que se justifica que
procuremos alcanzarlo. Un propósito personal, un objetivo amado, no puede ser
racionalmente justificado.
Para Frankfurt, el amor de algo «crea razones» que
justifican la conducta.
Por
otra parte, para Frankfurt es evidente que «lo que amamos» (los propósitos
finales de cada agente) varía enormemente de individuo a individuo. En este
sentido, sucede que, en nuestra cultura, las consideraciones morales son
predominantes para los agentes solo cuando su incumplimiento puede significar
una barrera en la obtención de lo que aman (al parecer, disponemos de una
motivación para seguir algunos principios generales de buena conducta porque
tememos no contar con nadie en la búsqueda de lo que amamos).
Con
todo, Frankfurt se aparta del expresivismo original de Hume para quien, en
tanto nuestras preferencias (lo que amamos) no pueden ser ni racionales ni irracionales.
Para Hume, no es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero
a tener un rasguño en mi dedo. Podría parecer que Frankfurt concuerda con Hume
en tanto que, desde su perspectiva, la razón no tiene nada que ver en la
determinación de lo que amamos. Sin embargo, Frankfurt afirma que, si alguien
prefiere destruir el mundo en lugar de tener que soportar una inconveniencia
menor, a diferencia de Hume, es preciso sostener que dicho sujeto está loco.
Frankfurt imputa a una persona así una irracionalidad que no consiste en un
defecto cognitivo, sino en un defecto de la voluntad. Por este motivo,
introduce la distinción entre «racionalidad formal» y «racionalidad volitiva».
De esta forma, traspasamos las fronteras de la «racionalidad volitiva» si no
admitimos que ciertas preferencias y opciones resultan injustificables.
Para Frankfurt traspasamos las fronteras de la
«racionalidad volitiva» si no admitimos que ciertas preferencias resultan
injustificables.
Desde
su perspectiva, estas restricciones no proceden de una realidad normativa (de
cómo son las cosas o de nuestra naturaleza); los patrones de la «racionalidad
volitiva» tienen su fundamento en «aquello que no podemos evitar que nos
importe», más allá de la cultura a la que pertenezcamos. Por ejemplo, nuestro
deseo de vivir, de mantenernos saludables, de estar con otros; estos deseos,
son generadores de razones para actuar, pero ellos mismos no están basados en
razones.
Luego
de describir el posicionamiento de Frankfurt, MacIntyre reconoce que si un
agente particular se asume como «expresivista» (emotivista) bien podría fundamentar
sus convicciones en un posicionamiento cercano al de Frankfurt. Frente a ello,
MacIntyre critica que, al asumir una posición expresivista, el agente siempre
definirá «aquello que le importa» en primera persona (lo bueno para él será
simplemente una expresión de aquello que desea). Y si alguna vez afirma
nosotros antes que yo, el contenido de su nosotros será: yo y otros que
sienten, reflexionan y quieren como yo, es decir, incluirá solo a aquellos a
quienes ha persuadido sobre el valor de sus propias preferencias. Este agente
quizá disponga de un orden de prioridades para sus objetos de deseo, pero será
él mismo, desde su subjetividad, quién ha decidido qué es aquello que le
importa más, qué menos, y qué nada en absoluto.
En agente expresivista decide, sin apelar a criterio
objetivo alguno qué es aquello que le importa.
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