El deber de la codicia y el imperativo de confianza como principios de la "ética del mercado".
En nuestras actuales democracias liberales la
distribución del poder político depende, destaca MacIntyre, de la distribución
del poder económico y financiero cuya realidad es, a su vez, obra de los
mercados. Por este motivo, nuestro filósofo pasa de una descripción del Estado
a una consideración del mercado.
En los mercados, el poder
pertenece a quienes poseen el capital. A su vez, las negociaciones al interior
de los mercados expresan relaciones enteramente impersonales. Aquí, la codicia constituye
un rasgo de personalidad enormemente valorado, puesto que permite superar a los
otros en la adquisición de beneficios. Pero, si queremos entender la «ética del
mercado» importa entonces reconocer que la codicia no es solo un rasgo del
carácter, sino también un deber. Los individuos sé la deben a quienes han
invertido en sus empresas para maximizar el retorno de sus inversiones. MacIntyre
es contundente: la codicia es un imperativo moral para la «ética del mercado».
Sin embargo, por otra
parte, las relaciones de mercado han de ser sustentadas por un alto grado de
confianza, incluso cuando los términos de los contratos tengan el soporte de
las sanciones legales, pues los costes de acudir a la ley son siempre demasiado
grandes. Así, de manera análoga a lo que ocurría con la «ética
estatal», los preceptos de la «ética del mercado» combinan mandatos
maximizadores de beneficios con preceptos que promueven respetar ciertas normas
incondicionalmente (lo cual genera, permanentemente, situaciones conflictivas y
dilemáticas).
Tanto el Estado como el mercado necesitan de sus
respectivas «éticas» (incongruentes en sus principios) para funcionar como lo
hacen. No obstante, recalca MacIntyre, ambas son –hasta un extremo importante-
parodias de la ética.
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