Humildad y capacidad del ver la realidad desde el punto de vista de los menos favorecidos.
En su último libro, MacIntyre destaca que tanto Aristóteles como Hume, aún siendo de los más agudos teóricos morales de la historia, no pudieron evitar dejarse llevar por algunos de los prejuicios morales de su propia cultura. Así, no importa cuán agudos seamos intelectualmente, si nos dejamos llevar por los prejuicios que impregnan la cultura en la que vivimos, podemos caer en el error.
Por lo tanto, si queremos embarcarnos en la investigación moral y política, debemos ser capaces de «arrinconarnos» con la siguiente pregunta:
¿qué justifica el hecho de que yo crea que soy realmente independiente de los prejuicios de mi tiempo al punto de poder implicarme con integridad en una indagación teórica moral y política?
MacIntyre menciona entonces dos aptitudes personales necesarias para poder afirmar, justificadamente, nuestra independencia respecto a los prejuicios epocales:
i) Un primer requisito consiste en procurar comprender cómo se ve el panorama de la sociedad en la que uno vive desde la perspectiva de los desfavorecidos y marginados. Es a la luz del crudo contraste entre los puntos de vista de «ellos» y de quienes gozamos de una posición más acomodada, que las unilateralidades de los propios puntos de vista pueden mostrarse con más claridad.
ii) Un segundo requisito exige tener cierta libertad frente al deseo de poseer aquellos objetos que, en nuestro propio rol social, se relacionan con el éxito y la buena reputación. Esta libertad le posibilita a uno preocuparse más del ejercicio excelente del propio rol que de agradar a los que tienen poder e influencia. El orgullo es, precisamente, aquello que nos aparta de esta disciplina de los deseos; la humildad, en cambio, es la virtud que necesitamos para buscar la excelencia en el ejercicio de las propias funciones sin deslumbrarnos por la conquista de los bienes externos.




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