"Desde una perspectiva neoaristotélica, solo Dios puede ser entendido como bien supremo y, por lo tanto, como criterio último para el ejercicio de la racionalidad práctica"
Luego de describir la relación íntima que existe entre las prácticas y el florecimiento, MacIntyre se pregunta cómo una persona reflexiva podría reconocer la verdad de las tesis fundamentales del neoaristiotelismo respecto al fin último de los seres humanos. Su respuesta se despliega en la siguiente argumentación: cada uno de nosotros persigue un determinado conjunto de bienes pertenecientes a las diversas prácticas en las que hemos sido culturalmente iniciados. Pero en la medida en que procuremos vivir reflexivamente, al tiempo en que desplegamos dichas actividades, probablemente nos detendremos en alguna de estas preguntas:
- ¿por qué vivo de esta manera?
- ¿qué pretendo al perseguir estos bienes concretos?
- ¿en qué medida contribuirá cada uno de ellos a mi vida en su conjunto?
Así, al lograr una cierta comprensión de cómo ha sido,
al menos hasta este momento, nuestra vida, podemos advertir que nos hemos planteado
cuestiones muy similares a las que el propio Aristóteles se preguntó en su Ética. En consecuencia, seremos capaces
de reconocer que las respuestas de Aristóteles pueden ser un buen punto de
partida para elaborar nuestras respuestas personales a dichas cuestiones
vitales esenciales.
Al igual que Aristóteles, podremos comprender que, al
vivir de la manera en que hasta ahora lo hemos hecho (al priorizar –de manera
más o menos consciente– las prácticas del modo en que hasta ahora las ha priorizado)
nos hemos orientado hacia un determinado bien final (llegamos a ser conscientes
de que, al menos hasta ahora, hemos puesto el corazón en un determinado bien
que domina nuestro afecto y acciones). En efecto, reconocemos progresivamente
cuál es nuestro bien final a través del modo en que priorizamos cotidianamente los
demás bienes particulares. Pero, también como lo hizo Aristóteles, cada uno de
nosotros podría preguntarse si el bien que ha colocado en aquella determinada
posición de honor puede ser en verdad considerado como bien supremo.
En este punto, podríamos juzgar la pertinencia del
bien que hemos colocado como superior al sopesar las críticas aristotélicas a
los distintos candidatos a bien supremo (su crítica a la vida entregada al
placer, a la diversión, a la búsqueda de riquezas y el honor mundano, etc.). Si
las reflexiones aristotélicas nos parecen pertinentes comenzaremos a priorizar
los bienes como lo hacen los neoaristotélicos. De este modo, podremos
subordinar los bienes exteriores a los del cuerpo y estos últimos a los del
alma, de tal modo que los bienes particulares no se constituyan en un obstáculo
para la consecución del bien final.
Así, al iluminar nuestra praxis con herramientas
teóricas pertenecientes a la tradición neoaristotélica, al estudiar y evaluar
las afirmaciones teóricas de Aristóteles y aristotélicos posteriores como
Averroes, Maimónides y Tomás de Aquino, es posible que sus argumentos nos
lleven a admitir que la concepción de un bien final para la actividad humana
es, inexcusablemente, teológico, que el razonamiento práctico de Aristóteles y
los demás filósofos pertenecientes a su tradición nos conduce a la convicción
de que solo en un bien infinito puede encontrarse el objeto adecuado de
nuestras aspiraciones.
De esta forma, podremos percibir que, al tomar una
decisión sobre cómo priorizar los bienes y las prácticas, se pone en juego el
rumbo entero de nuestra vida, la total orientación de la propia existencia
hacia el bien último que se encuentra más allá de la finitud. En definitiva,
tiene que quedar en claro para nosotros que, desde una perspectiva
neoaristotélica, solo Dios puede ser entendido como bien supremo y, por lo
tanto, como criterio último para el ejercicio de la racionalidad práctica (ECM 1.8).
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