Este espacio fue pensado para congregar a todos aquellos que nos interesa conocer y difundir el pensamiento del filósofo escocés Alasdair Ch. MacIntyre, especialmente en América latina y España. Nuestro filósofo fue conocido particularmente en lengua española partir de la publicación de su reconocido libro Tras la Virtud (Barcelona: Crítica 1987)
Is friendship possible? (V- VI)
Con los puntos V y VI concluyo la traducción de la última conferencia de nuestro autor. Espero les sea provechosa.
V
Si
la amistad es, en efecto, un regalo, entonces, como ya he insistido, nosotros
no podemos fabricar amigos. Pero, como también he subrayado, los regalos tienen
que ser aceptados, y ellos no pueden ser aceptados si nosotros no estamos
abiertos a recibirlos. Entonces, ¿qué es estar abiertos a la amistad? Existen
dos lados en esa apertura y ambos son importantes. El primero implica valorar
un variedad de formas de relación, a fin de reconocer que algunos de ellos son
indispensables para nuestro bienestar, pero sin confundirlos con la amistad. Ya
he mencionado algunos de esos tipos de relaciones, tal como el vínculo afectivo
entre aquellos que están en el ejército, o quienes son bomberos u oficiales de
policía, los cuales emprenden juntos tareas peligrosas, o la propia de los
colegas en su lugar de trabajo cuya cooperación posibilita a cada uno tener
éxito a través del tiempo al sobrellevar circunstancias difíciles y cambiantes.
Ellas incluyen relaciones en las que cada parte encuentra que la relación vale
la pena son en tanto que ellas producen beneficios en el corto o mediano como
para sustentarlas. Y la amabilidad alegre es una cualidad que posibilita a los
que participan en tales relaciones, no solo beneficiarse de ellas, sino también
disfrutar de ellas. Entonces, existen relaciones que verdaderamente valen la
pena las cuales no son amistades y hay vidas en las que la amistad, como la he
caracterizado, puede estar ausente.
El
estar abiertos a la amistad también requiere, como previamente mencioné, un
cierto tipo sensibilidad hacia los otros, una habilidad para reconocer
oportunidades para la amistad cuando ellas ocurren. Y esta apertura es una
cualidad valorable en sí misma. Esto caracteriza a aquellos cuyas expectativas
no son demasiado fijas y estrechas, a aquellos que están preparados para ser
sorprendidos, que están preparados para tomar el riesgo de ser decepcionados, a
aquellos que están abiertos al pensamientos de que ellos mismos pueden ser, en
algunos aspectos, diferentes de lo que hasta ahora han sido. Y estar abiertos a
la amistad, aun cuando todavía no tengamos amigos, no es en absoluto un mal
estado para estar.
La
falta de apertura a la amistad puede provenir del orgullo, como señala el
Aquinate, la clase de orgullo que encuentra expresión en una insistencia en
seguir el propio camino, sin importar lo que otros puedan querer, en una
tendencia a ser despectivo con los otros en diversos modos que hacen que se
fracase en darles aquello que les es debido, y en un rechazo a aprender lo que
uno necesita aprender de ellos. Es, en efecto, el orgullo el que nos hace,
demasiado a menudo, ingratos como para recibir regalos, incluso para el regalo
de la amistad. La falta de apertura para la amistad también puede ser el
resultado de los deseos inmoderados. Aristóteles, en su discusión de la virtud
que denomina «justicia particular» identifica el rasgo de carácter que se
muestra en la justicia particular como la pleonexia,
el deseo de tener más y más que otros, una codicia que encuentra su expresión
en la competitividad (EE V, 1129b1 y 1130a24).
Y ver a los otros como competidores que tienen que ser derrotados es lo mismo
que ser incapaces para la amistad con ellos. Con todo, lo que por sobre todas
las cosas se pone frente al camino de la apertura a la amistad es la falta de
sinceridad. Y aquí mi argumento se vuelve totalmente circular. Los argumentos
presentados en las secciones iniciales de este ensayo nos debieron haber dejado
en claro cómo son las relaciones entre el lugar de la amistad y el lugar de la
verdad y la falsedad en las vidas humanas. Y esto es porque la persona que no
es sincera fracasa en reconocer el lugar que la falta de sinceridad tiene en la
exclusión de la amistad.
La
falta de sinceridad es solo una de las formas que toma tal fracaso y difiere
significativamente de formas. Es posible no ser sincero sin mentir o cometiendo
solo mentiras ocasionales. Lo que una persona que no es sincera puede hacer es
presentarse a él o a ella misma como alguien diferente de lo que en realidad él
o ella son, y esto por medio de una cuidadosa selección de lo que él o ella
dicen, por medio de la sugerencia y omisión más antes que por medio de una
afirmación explícita, por medio del gesto y la expresión facial, por el tono de
la voz. La persona que no es sincera es un actor que es también el autor de su
propio guion. Así, la persona que no es sincera no solo se disfraza a él o ella
misma, sino también disfraza el hecho de que ella o él está disfrazándose a
ella o a él mismo.
La
persona que no es sincera invita a los otros a responder no a su realidad, sino
a la a veces impresionante ficción que ella ha construido. Entonces el otro es
puesto en desventaja y, cuando la invitación extendida a otro es o incluye un
ofrecimiento de amistad, lo que es ofrecido no puede ser, de hecho, amistad.
Porque uno está siendo invitado a cuidar de una ficción, no de un ser humano
real. Entonces aparece allí un personaje que es crucial entender, si uno desea
comprender la amistad, la amistad que se distingue de la falsa amistad. Los
amigos falsos son a menudo una buena compañía. Ellos son capaces de atraer a
aquellos que de otra manera podrían sentirse aislados. Ellos se presentan a sí
mismo como personas necesitadas, como en la necesidad de un amigo que al que
proveerán y que será agradecido por la oportunidad para proveer. Pero esta
auto-presentación es una obra de arte, diseñada para engañar. Y las relaciones
que resultan son como otras relaciones de explotación.
Es
importante notar que una persona que es exitosa en su falta de sinceridad no
solo engaña a otros, sino incluso, en ocasiones, a ella o él mismo, tomando ser
lo que ella o él han pretendido ser. Y así, la insinceridad se convierte en una
fuente de falta de autoconocimiento, y entonces, todavía de otro modo, en una
barrera para la apertura a la amistad.
VI
He
presentado lo que tomo por sólidos argumentos para cinco conclusiones en esta
conferencia. Los cinco conjuntos de son demasiado cortos. Los cinco tienen
presuposiciones que necesitan ser adicionalmente articuladas pero, si ellas
pueden ser sustentadas, ponen en cuestión mucho de nuestros juicios
convencionales acerca de la amistad. Permítanme recordarles uno por uno de
ellos. La primera es que existen grandes dificultades en la manera de lograr
una amistad para la mayoría de nosotros y que, si uno cree otra cosa, eso
podría ser porque uno ha fracasado en distinguir la amistad de otros tipos
valiosos de relación, familiar, colegial, y otras diferentes.
Mi
segunda conclusión es que las amistades son, al menos para la vasta mayoría de
nosotros, algo indispensable, si procuramos llevar una buena vida, y eso es en
parte, aunque no solo, porque necesitamos otros que nos digan sinceramente lo
que necesitamos conocer acerca de nosotros mismos. En efecto, nosotros
necesitamos de otros que se preocupen por la verdad y la falsedad. Pero, si la
amistad es, a la vez, indispensable y también algo muy difícil de obtener,
nosotros podríamos ser propensos, o bien a caer en la desesperación, o bien ser
víctimas de aquellos que pretender tener recetas para fabricar amistades.
Ninguna respuesta está garantizada. Porque mi tercera conclusión es que la amistad
no es un logro sino un regalo.
Fue
la reflexión sobre la explicación del Aquinate acerca del lugar del don
sobrenatural de la caridad en nuestras vidas lo que me llevó a esa conclusión.
Pero he enfatizado y ahora subrayo que hay suficientes motivos seculares para
arribar a esa conclusión. De esto no se sigue que las amistades no necesitan
ser sostenidas por el trabajo, por un agradecido trabajo. Ni tampoco se sigue
que no podemos prepararnos a nosotros mismos para la amistad. Porque resulta, y
esta es mi cuarta conclusión, que las cualidades humanas que nos conducen a
estar abiertos a la amistad son, en efecto, virtudes, excelencias que tienen
que ser valoradas por nuestro propio bien.
En
quinto lugar y finalmente, es entonces poco sorprendente que aquellas
cualidades humanas que son incompatibles con la apertura a la amistad, y más
notablemente aquellas que son tales porque exigen una indiferencia hacia la
verdad, son vicios. Entonces, resulta que nosotros no podemos dar una
descripción adecuada de la amistad sin relacionarla con cierta clase de vicios
y virtudes, aun cuando esa descripción no es, en aspectos importantes, ni
aristotélica no ciceroniana. ¿De quién, entonces, tenemos que aprender lo que
la amistad es? En una parte importante, podría parecer que yo he sugerido, del
Aquinate, pero decir eso es erróneo. Porque nosotros aprendemos de nuestros
amigos aquello que la amistad es.
Is friendship possible? (Parte IV)
IV
En
la primera parte de esta comunicación, presenté argumentos destinados a mostrar
que, especialmente bajo las condiciones de la modernidad tardía, la amistad es
algo difícil, incluso quizá imposible, de obtener. En la segunda parte,
presenté argumentos diseñados para mostrar que las amistades buenas son
indispensables, su que llevar vidas que valgan la pena. Pero en ambos casos mis
argumentos daban por supuesta una concepción de las amistades como logros, no
como algo que es un don. ¿Qué hace entonces la diferencia, si entendemos las
amistades como dones?
En
primer lugar, por supuesto, y más evidentemente, tenemos que reconocer que las
buenas amistades pueden acontecer en ámbitos donde no tenemos razón para
esperarlas, y pueden florecer en circunstancias que podrían aparecer como
impropias y difíciles. Necesitamos estar abiertos a la posibilidad de la
amistad, como comenté tempranamente, pero, como también ya he notado, puede no
haber recetas para transformas las relaciones amistosas en amistades. Las amistades
son algo impredecible.
En
segundo lugar, y tan importante como lo anterior, tenemos que entender la
relación entre las amistades y el crecimiento en el ejercicio de las virtudes
de un nuevo modo. Es frecuente el caso de que las amistades proveen, a aquellos
que son amigos, con lo que más necesitan, con lo que ellos no pueden encontrar
en otra parte, si es que los amigos llegan a ser buenos, o al menos
significativamente mejores de lo que previamente eran. Donde Aristóteles y
Cicerón reclaman que las buenas amistades solo pueden darse entre aquellos que
ya son buenos, nosotros tenemos que aprender a entender, en ocasiones, a la
amistad como un tipo de prólogo a la virtud. ¿Y eso por qué?
Las
buenas amistades son un medio para el auto-conocimiento. Las amistades
sobreviven y florecer, como observé previamente, solo si cada amigo puede
confiar en la veracidad de los otros. Y sin el autoconocimiento que es un
resultado de tal veracidad todos nosotros seremos propensos a convertirnos en
víctima de nuestra propia autoindulgentes fantasías. Nosotros nos imaginamos
más encantadores de lo que somos, más interesantes de lo que somos, más capaces
de lo que somos. Tales fantasías encuentran expresión en nuestras malas
elecciones. De modo que, si vamos a elegir bien, necesitamos en
autoconocimiento ofrecido por la amistad. Sin embargo, es el la persecución de
los bienes comunes de la amistad que descubrimos que solo podemos obtener
aquellos bienes si actuamos más justamente, más generosamente, de modo más
temperado, y más valientemente de los que hasta aquí hemos actuado. Tal como
las familias, cuando están en buen orden, son espacios para la educación en las
virtudes en los comienzos de nuestras vidas, así pueden serlo las amistades en
la edad adulta.
Aristóteles
sostuvo que: “cuando los seres humanos son amigos, ellos no necesitan la
justicia” (EN VIII, 1155a 26). Al hacerlo, ignoró todas aquellas situaciones en
las cuales lo que un amigo valora más en otro es su persistencia en las
justicia en circunstancias difíciles, o su disposición a reconocer que ha
actuado injustamente, o bien hacia el amigo o bien hacia algún otro, y su
reconocimiento de que ahora debe remediar el error que ha cometido. Cada amistad que perdura por un considerable
período de tiempo experimenta vicisitudes y momentos de crisis, momentos que
pueden ser una ocasión para el crecimiento moral. El Aquinate tomó debida nota
de una característica de la amistad que Aristóteles ignoró, cuando observó que:
“cuando un hombre tiene amistad con alguien, él ama, por su bien, todas las
cosas que a este le pertenecen, ya sean sus hijos, sirvientes, o lo relacionado
con él en cualquier modo. En efecto, amamos tanto a nuestros amigos, que por su
bien amamos todas las cosas que a ellos le pertenecen, incluso si ellas nos
lastiman o nos odian” (S.T. IIa-IIae, 23, art.1, resp. obj.2). Esto es como
decir, yo solo puedo cuidar de tu bien, si también cuido del bien de aquellos
otros que tú tienes que cuidar. Así, el vínculo de la amistad es inseparable de
otros lazos sociales, algunas veces de un tipo altamente desagradable. Y actuar
con consideración hacia aquellos lazos puede requerir un alto grado de
prudencia y justicia, sin hablar de paciencia y generosidad. Aquí, nuevamente,
Santo Tomás corrige a Aristóteles.
Sin
el regalo de las amistades, nuestra vida social sería muy diferente en una
variedad de maneras. La pregunta que surge es si las extendidas redes que
componen nuestras vidas podrían ser sostenidas, si valoramos nuestras
relaciones solo por su utilidad o por los placeres intermitentes que ellas nos
ofrecen. Sustrae las amistades y mucho de la vida sería también descolorido. Al
decir esto, no estoy desvalorizando los lazos de la vida familiar, o del lugar
del trabajo, o de esas actividades en las que nos comprometemos en artes o
deportes. Pero los amigos, como seguimos necesitando recordarnos a nosotros mismos,
se preocupan de nosotros por lo que somos y no solo porque contribuimos a esta
o aquella actividad. Estar así cuidados, nos da razón, como el Aquinate indica,
para evaluar una variedad de otros tipos de relaciones.
La
amistad, así entendida es, por lo tanto, algo que tenemos razón para celebrar,
pero tal amistad puede también presentar una amenaza. ¿Hacia qué? Una amenaza
al valor que nosotros ponemos en nuestra autonomía como agentes morales. Aquí
el punto de vista de Kant acierta mucho más en el punto. En su tratamiento
maduro de la amistad, en la segunda parte de su Metafísica de las costumbres definió la amistad como “la unión de
dos personal a través de un igual amor y respeto mutuo”. El amor atrae, pero el
respecto nos exige mantener nuestra distancia. Es “un gran peso sentirse a uno
mismo ligado al destino de otros y cargado con las responsabilidades ajenas”. Además,
si alguno acepta un beneficio de otro, entonces existe un propósito de alcanzar
una igualdad de respeto entre ellos, ya que el que recibe el beneficio “se ve a
sí mismo claramente como en un escalón más bajo, ya que está obligado y, todavía,
no es recíprocamente capaz de obligar”. Entonces, la igualdad requerida por la
amistad es destruida. Lo que la concepción kantiana del agente moral autónomo
excluye es la posibilidad de tener un cuidado fuera de todo cálculo por el bien
del otro, de modo que las cuestiones acerca de la equidad y la inequidad en el
dar y el recibir no son planteadas.
Cuando
ellas surgen, es un signo seguro de que la relación en cuestión no es una
amistad como yo la he estado describiendo, no es la amistad como un don. Este
tipo de amistad se hizo invisible, para Kant de la misma manera que más tarde
lo fue para Nietzsche. Y no es algo sin importancia que Kant, y un tan notorio
antikantiano como Nietzsche, deban tener esto en común. Ellos, como muchos
otros, comparten una concepción de un tipo de independencia que un agente que
se respete a sí mismo debe tener, se trata de un tipo de independencia que
excluye el estar abierto a la amistad como un don.
Is friendship possible? (Partes II y II)
Comparto la traducción de las partes II y III del texto de la última conferencia de nuestro autor.
II
Cabe
comenzar desde un nuevo punto de partida preguntando qué es lo que necesitamos de
cada uno de los otros como agentes humanos, es decir, no como agentes que
desempeñan determinados roles particulares. Esto depende de nuestro ser el tipo
de animal que somos, animales racionales que, a la vez, comparten una capacidad
para distinguir lo verdadero de lo falso y una necesidad de juzgar verdaderamente;
una necesidad de tener mentes informadas por una conciencia y una comprensión
de cómo las cosas, de hecho, son; se trata de una capacidad que no es poseída
por animales de otras especies, no importa cuán talentosas sean. En la medida
en que nuestras mentes no están así informadas, nosotros estaremos inclinados a
extraviarnos en una variedad de modos, a ser víctimas de la ignorancia, el
error, la decepción y la auto-decepción. Así, comenzamos a ser incapaces de
florecer. Tomaremos malas decisiones, ya que solo podemos evitar tomar una mala
decisión deliberando en compañía de cierto tipo de otros… tales otros tienen
que ser investigadores perceptivos en aquellas materias con las que ellos y
nosotros estamos ocupados en la vida diaria. Tales otros no solo son
escrupulosamente veraces, ellos se preocupan suficientemente de nosotros y de
nuestro florecimientos como seres humanos a la vez que nos insisten en que
lleguemos a ser veraces, de modo que con su ayuda podríamos llegar a ser
capaces de corregir nuestros errores y liberarnos a nosotros mismos de nuestras
ilusiones. Cada uno de nosotros necesita tales otros, si queremos ser capaces
de deliberar bien y hacer buenas elecciones. Cada uno de nosotros necesita a
tales otros, si aspiramos a obtener el tipo de autoconocimiento que nosotros
necesitamos.
Cuando
somos niños y adolescentes, esas necesidades son satisfechas por nuestros
padres, por otros miembros mayores de la familia, y por nuestros maestros. Y,
por supuesto, los malos padres y los malos maestros son ellos mismos fuentes
frecuentes de error e ilusión. Pero, ¿qué sucede después en nuestras vidas?
Desde la adolescencia en adelante, los buenos amigos comienzan a ser
indispensables. Nótese ahora que, aunque los amigos en realidad proveen a cada
uno lo que cada uno necesita, la amistad no es algo para ser pensado en
términos de reciprocidad, o de un intercambio de servicios, en los cuales cada
uno se muestra providente con los otros solo porque, o principalmente porque,
esos otros se muestran providentes hacia ellos. La amistad no descansa sobre un
cálculo de costes y beneficios. Existen, por supuesto, tipos de relaciones que
tienen que ser caracterizadas de ese modo, amistades, como Aristóteles podría
haber dicho, de utilidad mutua. Pero aquellas no son amistades, de acuerdo a como
yo ahora las estoy identificando. Ya que, lo que importa acerca de la amistad,
como ahora la estoy caracterizando, es que cada amigo cuida genuinamente a la
vez del otro, y del bien del otro, y encuentra en ese cuidado una razón
suficiente para actuar como lo hace. Tales amigos, por lo tanto, se preocupan
no solo de que el otro sea rescatado del error y la ilusión, sino también, más
particularmente, de que el otro aprenda a reconocer aquellos errores e
ilusiones hacia los cuales es particularmente susceptible de ser víctima.
Nótese ahora una quizá inesperada condición para que eso sea posible.
Tales
amigos, si funcionan bien como ese tipo de amigos, deben disfrutar cada uno de
la compañía de los otros y deben aun disfrutar dedicándose a cuestiones relacionadas
con la verdad y la falsedad. Nosotros podemos, es importante notarlo, disfrutar
a nuestros amigos aun cuando los encontremos irritantes. Porque de otra manera,
tales amistades podrían ser a menudo también una tarea pesada, relaciones quizá
necesarias pero no deseadas. Así, aunque el placer obtenido en ellas no puede
ser, por sí mismo, solo el motivo para comprometerse en ellas, la amistad debe
ser contada entre los aspectos más agradables de la vida. Utilidad, placer, y
virtud, todo ello encuentra un lugar en tales amistades, y es crucial que las
relaciones entre estos tres elementos deban ser de un cierto tipo, más
especialmente el respeto compartido por la veracidad que está en el corazón de
tales amistades, no debe ser socavado por momentos cuando la utilidad o el
placer podrían ser atendidos, si uno o ambos de los amigos llegaran a ser
falsos, cediendo a las tentaciones de la mentira útil o la mentira agradable,
tipos de tentaciones que, después de todo son endémicas en nuestra cultura,
donde la habilidad para contar una mentira útil o una mentira agradable es a
menudo contabilizada como una virtud.
He
estado describiendo como sienten, piensan y actúan los buenos amigos en sus
intercambios cotidianos. Pero ellos, en sí mismos, solo raramente y más
probablemente nunca, pensarán sobre su relación en el modo en que yo lo estoy haciendo. Ellos son sensibles
entre sí y con aquello que les importa y esa responsabilidad tiene que ser en
ciertos modos irreflexiva. Es bueno para nosotros tener amigos, pero no es
bueno para nosotros tener amigos solo porque hemos argumentado hacia la
conclusión de que es bueno para nosotros tener amigos y es peor aún tener
amigos solo porque algunas teorías nos dicen que es bueno para nosotros tener
amigos. Estoy tentado, por un momento, de albergar el pensamiento de que quizá
existen, por un lado, aquellos que tienen, y son, buenos amigos, y que hay, por
otro lado, aquellos que van a conferencias sobre la amistad y leen artículos
sobre la amistad. Pero resistiré esa tentación.
III
Si
los argumentos planteados en la primera parte de este documento tienen alguna
sustancia, las amistades dignas de ese nombre deberían ser muy pocas y muy
distantes entre sí, especialmente en las sociedades modernas. Si los argumentos
planteados en la segunda parte tienen alguna sustancia, entonces nuestra
situación como agentes sin amigos sería casi intolerable, mucho pero de lo que
de hecho es. Entonces, ¿cómo podemos hacer justicia a ambos conjuntos de
argumentos y también a nuestras experiencias de amistad? Tenemos que comenzar
reconsiderando la condición humana de un modo más general, y lo haré de ese
modo al identificar algunas diferencias claves entre la concepción del Aquinate
de cómo somos los seres humanos con la concepción de Aristóteles, sobre la cual
Santo Tomás se movió tan libremente. En todo caso, existen tres diferencias que
son clave. La primera es el contraste entre, por un lado, el reconocimiento que
hace Santo Tomás del amplio rango de modos
y grado en los cuales los agentes humanos de todo tipo y clase tienen
éxito o fracasan desarrollar y ejercitar las virtudes y se dirigen a sí mismo
hacia su fin último y, por otro lado, la insistencia de Aristóteles en la
incapacidad de la mayoría de la humanidad –mujeres, aquellos que no son
griegos, trabajadores manuales, esclavos (eso es, esencialmente, tu y yo)- para
ejemplificar la vida virtuosa. Los prejuicios de Aristóteles están, por
supuesto, en desacuerdo con su pretensión filosófica de haber identificado el
telos humano como tal y la virtud humana como tal. Al ignorar silenciosamente
esos prejuicios, el Aquinate lo rescató de una evidente inconsistencia,
haciéndolo bastante más sencillo para aquellos de nosotros que son mujeres, que
nos son griegos, que son trabajadores manuales, o que son los descendientes de
los esclavos para juzgar las aseveraciones filosóficas de Aristóteles acerca
del telos humano y las virtudes en
sus propios méritos.
En
segundo lugar, el Aquinate presta significativamente mayor atención a la
condición de aquellos que no son completamente virtuosos. Mientras que
Aristóteles y Santo Tomás están de acuerdo en que nadie puede tener la virtud
de la phronesis, prudencia, sin tener las otras virtudes morales (EN VI, 1144b32-1145a2), para Santo Tomás
es claro que los individuos pueden variar, y lo hacen, en las virtudes que
poseen y en el grado en el que ellos las poseen: “Si nosotros consideramos la
virtud desde la perspectiva del sujeto que participa en ella, entonces ella
puede ser mayor o menor, ya sea en momentos diferentes in la misma persona o en
personas diferentes” S.T. Ia-IIae 66,1).
Así emerge un retrato más reconocible de la humanidad (“Y algunas veces me
pregunto a cuántas personas conoció en realidad Aristóteles”), uno en el cual
la educación moral se ha convertido en el trabajo de toda una vida y el fracaso
moral en este o aquel aspecto es una característica recurrente y distintiva de
nuestras vidas. Importa, por supuesto, que el Aquinate escribe como un teólogo
cristiano y, por lo tanto, como alguien para quien la pecaminosidad es una de
los hechos clave acerca de los seres humanos. Pero como filósofo su
caracterización de la condición humana es informada por una comprensión de
aquellos mismos extravíos del deseo y la voluntad, los cuales como teólogo él
los trata como debidos al pecado.
El
Aquinate distingue entre lo que él denomina virtudes perfectas y lo que llama
virtudes imperfectas; estas última son inclinaciones que felizmente coinciden
en algún modo o en algún grado con los requerimientos de alguna virtud. Algunos
de nosotros tenemos en determinadas ocasiones una inclinación natural a actuar
como lo requiere alguna virtud particular. Nosotros estamos, por temperamento,
dispuestos a ser valientes o, también, generosos, o quizá bondadosos. No
necesitamos ser educados y disciplinados en orden a actuar –en algunas
ocasiones- como actúa una persona valiente, generosa o buena. Pero, solo porque
eso es así, no somos ciertamente virtuosos. En situaciones difíciles, nos
faltará la disciplina para actuar como la virtud requiere. Cuando actuamos de
este modo, es bueno que así lo hagamos, y nuestras inclinaciones naturales
puede ser un buen punto de partida para nuestra educación moral, pero las
acciones resultantes de ello no son signos de nuestra bondad, de nuestra
orientación hacia el fin último. Al hacer esta distinción entre las virtudes
perfectas e imperfectas, Santo Tomás estuvo desarrollando la distinción
aristotélica entre la moral y las virtudes naturales. Pero luego lo utilizó de
un modo que Aristóteles nunca había previsto, como cuando presentó una triple
descripción de las virtudes en las Quaestio
disputata de virtutibus cardinalibus.
Esta
descripción da expresión a una tercera diferencia clave con Aristóteles. El
Aquinate encuentra que es imposible caracterizar, y mucho menos explicar, los
diferentes modos y grados en los cuales las virtudes morales son desarrolladas
y ejercitadas sin encontrar aplicación para el concepto de caridad, un concepto
que, como era de esperar, no encuentra lugar en el pensamiento de Aristóteles.
Como pensador aristotélico, el Aquinate reconoce que los agentes humanos, por naturaleza
y hábito, emprendemos una variedad de actividades y obtenemos un conjunto de
bienes antes e independientemente de cualquier don de la Gracia. Así, dice el
Aquinate, los agentes humanos son por naturaleza “capaces de obrar de un modo
que les conduzca a unos determinados bienes que les son connaturales, tal como
trabajar en los campos, comer, beber, o hacer amigos, y otras cosas semejantes”
( S.T. I-IIae 109, 5, resp.). Hasta qué punto ellos obtengan los bienes
relevantes dependerá de la medida en que ellos han adquirido las virtudes
pertinentes, y es aquí donde el Aquinate, en las Quaestio disputata de virtutibus cardinalibus, distinguió tres
grados, tres niveles de consecución, en el desarrollo y ejercicio de las
virtudes.
En
el primer nivel, los agentes parecen exhibir, al menos en parte, una o más virtudes
en sus acciones, pero eso solo porque, o bien, sus inclinaciones naturales se
muestran en tales acciones, o porque han desarrollado los hábitos pertinentes,
aunque solo de un modo parcial y limitado. No existe sentido de unidad en sus
vidas morales, porque no se dirigen hacia un único fin, y mucho menos se da un
fin último hacia cuya obtención sus acciones están dirigidas. El contraste se
da con los agentes del segundo nivel, cuyas acciones exhiben, aunque con grados
que varían, no solo las virtudes cardinales, justicia, templanza, y valentía, sino
también la prudencia –la phronesis aristotélica- como virtud unificadora. Los
agentes necesitan la prudencia para juzgar adecuadamente lo que las virtudes
requieren en ocasiones particulares y para dirigirse hacia el fin último que es
suyo en razón de su naturaleza específica. Ser prudente es razonar como lo
exige la razón práctica. Y uno no puede ser prudente sin tener las otras
virtudes morales, precisamente como uno no puede tener las otras virtudes
morales sin ser prudente. Con todo, el fin hacia el cual los agentes son
dirigidos por la prudencia es su fin natural y no sin fin último, que es Dios.
Pero los agentes no pueden ser dirigidos hacia Dios como fin último, a menos
que sus acciones estén informadas por la caridad. Así existe un tercer tipo de
vida virtuosa.
Es
aquel en el cual los agentes están inclinados hacia todas las virtudes
simplemente porque sus acciones son expresión no solo de la naturaleza y el
hábito, sino también de la gracia y la de caridad. Las acciones de sus vidas
diarias están dirigidas hacia un fin más allá de aquél hacia el cual los dirige
la prudencia. Pero ahora es importante destacar tres cosas. La primera es que
tales agentes actuarán, en muchas situaciones, como actúa un agente prudente.
Sus vidas serán, la mayor parte del tiempo, o casi siempre, indiferenciables de
aquellos otros agentes simplemente justos, templados y valientes. Con todo, en
segundo término, que sus acciones estén informadas por la caridad solo es
posible a causa de un don sobrenatural de la gracia. Ellos no tienen este don
para actuar como lo hacen dentro de ellos solo a causa de su aptitud natural o
entrenamiento. Y, en tercer lugar, este particular don de la gracia no se
restringe a los creyentes o cristianos bautizados, incluso muchos de tales
cristianos evidentemente carecen de esas virtudes en las cuales el don
encuentra su expresión.
Si
el Aquinate está en lo cierto, entonces existe algo de crucial importancia que
ha desaparecido de la descripción aristotélica de la vida moral, e incluso de
las descripciones propuestas por la mayor parte de los filósofos morales antes
y después de él. Pues, si Santo Tomás está en lo cierto, hay entonces muchos
agentes cuyo ejercicio de las virtudes no puede ser solamente descripto por lo
que conocemos acerca del desarrollo de sus hábitos y el ejercicio de sus
capacidades naturales. Ellos actúan en modos en los que un agente humano no
podría ser esperado que actúe. Ellos actúan mejor de lo que cualquier agente
humano podría razonablemente actuar. ¿Esto significa que estamos obligados, con
el Aquinate, a dar una descripción teológica de sus acciones? No totalmente. Un
distinguido filósofo analítico, un colega y amigo, una vez me dijo: “No tengo
en absoluto creencias religiosas. Pero creo en la gracia”. Aquello que él
nombró al utilizar la palabra ‘gracia’ en ese modo secular fue solo ese aspecto
de la vida moral que he estado identificando: aquellas ocasiones en las cuales
los agentes actúan con un cuidado de la justicia o la generosidad o la valentía
que va más allá de cualquier cosa que pueda ser considerada como perteneciente
a su naturaleza o educación. Para aquellos que se benefician de esa justicia o
coraje o generosidad y de hecho también para los mismos agentes, lo que ellos
son y hacen en tales ocasiones es un don, algo para lo cual podría parecer
apropiado sentir y expresar gratitud, aun cuando no les resulte de ningún modo
claro hacia quien tienen que estar agradecidos.
Lo
que ahora quiero sugerir es que las buenas amistades están entre esos aspectos
de la vida moral que he estado identificando como regalos. Con esto no quiero
implicar que la formación previa de aquellos que llegaron a ser buenos amigos
con otras personas no sea importante. Generalmente importa mucho si las
personas están o no preparadas para la amistad, si aprovechan o no la
oportunidad de la amistad. Sin embargo, siempre hay algo más para las amistades
buenas que aquello que cada uno de los amigos lleva a la relación y es
precisamente eso que inclina a cada miembro de la relación tanto hacia el bien
de su amigo como a su propio bien.
Presentaré
esto de otro modo: nosotros nunca merecemos tener buenos amigos. Las amistades
no son premios otorgados a causa del merecimiento. Podemos, por supuesto,
destruir una amistad actuando malamente hacia un amigo y entonces mereceremos
en efecto el fracaso de esa amistad. Pero el bien de la amistad se encuentra
más allá del merecimiento y del cálculo. Por lo tanto, se cuenta entre aquellos
que puede ser caracterizado como dones auténticos. Uso aquí la palabra
‘auténtico’ para distinguirlo del tipo de regalo del que se habla cuando nos
referimos a aquello que es dado y recibido por los miembros de una red de
donantes y receptores, cada uno de los cuales calcula que, si se da algo de tal
o cual valor, entonces esperará recibir algo de, al menos, igual valor. Pero lo
que resulta de tal cálculo es muy diferente de la amistad, incluso de aquellas
relaciones sustentadas por la mutua utilidad que Aristóteles caracteriza como
un tipo de amistad.
Is friendship posible? (Traducción al español de la última conferencia de MacIntyre)
Les comparto la primera parte de la última conferencia de nuestro filósofo realizada en 8 de Noviembre de 2019 en el Nicola Center for Ethics and Culture.
En
la primera parte de este documento, presentaré argumentos convincentes cuya
inquietante conclusión es que la amistad, correctamente entendida, es difícil y
a menudo imposible de alcanzar, especialmente bajo las condiciones
características de la modernidad contemporánea. En la segunda parte presentaré
un argumento convincente, cuya conclusión es que la amistad es indispensable
para los agentes humanos, cualquiera sea su situación o condición, cualquiera
sea su tiempo y lugar. En la tercera parte, procuraré repensar la concepción de
una buena amistad, en orden a mostrar que, solo cuando encontramos un modo de
dar el debido paso a los argumentos precedentes (primera y segunda parte) seremos
entonces capaces de entender la amistad adecuadamente.
I
Nosotros
reconocemos lo que es la amistad más claramente, cuando nos pasa que estamos en
gran necesidad de contar con un amigo y a pesar de todo “nadie está a la mano
para jugar ese papel”. Nuestros amigos pasados están, como sucede en esas
situaciones particulares, ausentes, o muertos o perdido a causa de una pelea. O
quizá sea que, tristemente, nunca hemos tenido algunos amigos verdaderos. El
tipo de situación que tengo en mente es una donde nos encontramos a nosotros
mismos en alguna circunstancia amenazante y no sabemos cómo responder frente a
ella. Aquellos con quienes usualmente dialogamos de manera reflexiva no pueden
proveernos de lo que necesitamos, quizá porque nuestras relaciones con ellos
son aquellos que nos ha puesto es esa difícil situación. Entonces, ¿qué es lo
que nosotros necesitamos? Alguien que sea suficientemente cuidadoso para
escuchar de manera paciente y atenta aquello que nosotros decimos, alguien que
nos conozca suficientemente bien como para hacernos las preguntas correctas,
alguien suficientemente comprensivo como para ser capaz de entender como son
las cosas desde nuestro punto de vista, alguien suficientemente objetivo como
para reconocer las limitaciones de nuestro punto de vista, aquello que, acerca
de nosotros mismos o de otros, estamos fracasando en reconocer o entender,
alguien capaz de decirnos la verdad.
En
consecuencia, es solo cuando nos hemos dado cuenta de lo que es necesitar a un
buen amigo que nosotros comenzamos a ser capaces de preguntarnos a nosotros
mismos sobre qué tipo de persona tendríamos que llegar a ser, si fuésemos a ser
buenos amigos de alguien más. Entonces, ¿dónde tenemos que ir para encontrar
una respuesta a esta cuestión? Existen muchas –demasiadas- voces que pretenden
proveer respuestas, pero, ay!, las respuestas son característicamente inútiles
y engañosas. Vamos, por ejemplo, a Cicerón, y te será dicho que la amistad solo
puede ser entre los buenos y que los buenos tiene que exhibir una asombrosa
variedad de virtudes: “fe, integridad, equidad, liberalidad” (De Amicitia, 19);
un catálogo de virtudes en las cuales muchos de nosotros, si somos honestos,
sabemos que somos deficientes la mayoría del tiempo. Aristóteles, al menos,
admite que es solo en el tipo perfecto de amistad que se requiere de nosotros ser
modelos de bondad. Nosotros podemos, sin ser buenos, participar en amistades de
mutual utilidad o de placer compartido. Pero, incluso, eso es, o debería ser
deprimente para muchos de nosotros. Por qué necesitamos en las ocasiones más
importantes, cuando necesitamos amigos –en el tipo de situación que recién he
descripto- son amistades sustentadas por un buen acuerdo, más que la
posibilidad de la utilidad mutua o el placer compartido. Con todo, para tales
amistades, así nos dice Aristóteles, necesitamos ser buenos en unos
determinados modos y grados que, una vez más, si somos honestos, muchos de
nosotros sabemos que no lo somos.
Otras
voces muy diferentes y más recientes nos dicen ‘como ganar amigos e influir en
las personas’; ese fue el título del libro de 1936 masivamente vendido cuyo
autor era Dale Carnegie´s, con sus consejos sobre cómo asegurarse que otros
sean seducidos –esta son mis palabras, no las de Carnegie´s- por nuestra
simpatía y así sean persuadidos a adoptar nuestro punto de vista, cualquiera
que este pudiera ser. Como el propio Carnegie ha tenido muchos sucesores en los
últimos ochenta años, autores de una variedad de recetas para fabricar
amistades. Pero es, por supuesto, crucial que unas genuinas amistades no pueden
ser fabricadas. Lo que puede ser fabricado es un cierto tipo de sociabilidad
superficial, una sociabilidad que ninguna persona íntegra podría confundir con
la amistad, pero que en mucho de nuestro lenguaje ordinario es así confundida,
como más recientemente en muchas expresiones corruptas de Facebook. Supóngase,
sin embargo, que uno no permite ser engañado por esta retórica. Entonces, ¿cómo
pensará uno de las posibilidades presentes de la amistad?
Una
respuesta notablemente influyente fue provista por Nietzsche en Humano, demasiado humano: “Solo
reflexionando contigo mismo sobre cuán diversos son los sentimiento, cuán
divididas las opiniones incluso entre tus conocidos más cercanos, cuán incluso
las mismas opiniones son de un rango de intensidad bastante diferente en las
mentes de tus amigos que en las tuya, cuán numerosas son las ocasiones para los
malos entendidos, la hostilidad y la ruptura. Luego de reflexionar sobre todo
esto, debes decirte a ti mismo: cuán incierto es el terreno sobre el cual todas
nuestras amistades y alianzas descansan”. (376). Nietzsche concluye: “sí, hay
amigos, pero es un error y un engaño respecto de ti mismo lo que los condujo
hacia ti; y ellos deben haber aprendido cómo mantener silencia en orden a
conservar tu amistad. Así, para Nietzsche la amistad como los autores clásicos
la entendieron y como yo la he entendido es, a la vez, algo descartado. La
veracidad y la amistad resultan ser incompatibles. Nosotros podemos permanecer
amigos –o más bien amigos aparentes- con otros solo ocultándonos a nosotros
mismos. ¿Qué hay –si es que existe algo- para replicar a Nietzsche?
Podríamos
intentar responderle con un cierto tipo de ejemplo. Considérese una experiencia
recurrente en la vida militar, en la segunda guerra mundial, en Vietnam, en
Iraq o Afganistan. Un grupo de soldados son enviados juntos a patrullar un
territorio peligroso. Ellos se cubren mutuamente, toman riegos para en lugar de
cada uno de los otros, en ocasiones ellos se deben la vida el uno al otro. Una
vez acabado el deber, ellos beben y se divierten. Ellos disfrutan cada uno con
la compañía de los otros. Ocasionalmente, ellos conversan sobre sus familias Si
no hubiese sido por el ejército, ellos nunca se hubieran encontrado, con todo,
ellos han sido capaces de confiar el uno en el otro, como Nietzsche y sus
amigos no confiaron en nadie. ¿Es este un ejemplo relevante de amistad?
Valiosas
como tales relaciones, en efecto, son, la respuesta tiene que ser “no” y esto
por dos razones. La primera es que este tipo de relaciones son, por su naturaleza,
temporales. Fue un accidente lo que provocó la relación y, cuando su servicio
en el extranjero esté terminado, esos soldados generalmente nunca más se ven
los unos a los otros nuevamente. Así sucede con muchas otras relaciones en
nuestro orden social. Nos encontramos a nosotros mismos colaborando en un
proyecto difícil que requiere de nosotros pasar tiempo con otras personas
particulares en cuya experiencia y bondad nosotros tenemos que confiar.
Aprendemos a disfrutar de su compañía y llegamos a estar agradecidos con ellos
como ellos lo son con nosotros. Así puede suceder en un ambiente de trabajo,
con los miembros de un equipo en diferentes deportes o con los miembros de un
cuarteto de orquesta. Tales relaciones tienen, por un tiempo, una gran importancia,
pero ellas pasan por accidente y son temporarias. Y lo que es más, y esto es
una razón adicional para no contabilizar a estas relaciones como amistades,
aquellos comprometidos en tales colaboraciones cuidan los unos de los otros
solo qua colaboradores en un role particular. Ellos no se cuidan los unos de
los otros por lo que ella o él son en sí mismos, aparte de cualquier papel que
desempeñen en un momento particular...
Eso solo es suficiente para distinguir tales relaciones de las amistades,
aunque, como enfatice antes, tales relaciones pueden ser, y a menudo son, de
crucial importancia en nuestras vidas.
Ellas
incluyen todas aquellas relaciones en las cuales nosotros cuidamos de otros qua padres o hijos, qua hermanos, qua compañeros de trabajo o colegas, qua escalador de superficies rocosas, qua cantante en coros, qua compañero actor en un escenario, qua miembro de un equipo quirúrgico.
Dada la ineludible importancia de tales relaciones multifacéticas tienen en
nuestras vidas, incluso aunque ellas no son amistades, alguien podría pues
preguntas: ¿Quién, después de todo, necesita amigos y por qué? Si no hubiera
tal cosa como la amistad, como sugieren los malos argumentos de Dale
Carneggie´s en sus muchos modos diferentes, como sugieren los buenos argumentos
de Nietzsche, y como sugieren nuestros ejemplos, ¿qué, si alguna, cosa podría
faltar de nuestras vidas? ¿Qué es lo que necesitamos cuando necesitamos amigos?
¿Qué es lo distintivo en relación con la amistad?
Número Revista Prometeica dedicado enteramente a A. MacIntyre
Comparto el link del reciente número de la Revista Prometeica de Filosofía dedicado a nuestro filósofo.
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