Is friendship possible? (V- VI)


Con los puntos V y VI concluyo la traducción de la última conferencia de nuestro autor. Espero les sea provechosa.

V

Si la amistad es, en efecto, un regalo, entonces, como ya he insistido, nosotros no podemos fabricar amigos. Pero, como también he subrayado, los regalos tienen que ser aceptados, y ellos no pueden ser aceptados si nosotros no estamos abiertos a recibirlos. Entonces, ¿qué es estar abiertos a la amistad? Existen dos lados en esa apertura y ambos son importantes. El primero implica valorar un variedad de formas de relación, a fin de reconocer que algunos de ellos son indispensables para nuestro bienestar, pero sin confundirlos con la amistad. Ya he mencionado algunos de esos tipos de relaciones, tal como el vínculo afectivo entre aquellos que están en el ejército, o quienes son bomberos u oficiales de policía, los cuales emprenden juntos tareas peligrosas, o la propia de los colegas en su lugar de trabajo cuya cooperación posibilita a cada uno tener éxito a través del tiempo al sobrellevar circunstancias difíciles y cambiantes. Ellas incluyen relaciones en las que cada parte encuentra que la relación vale la pena son en tanto que ellas producen beneficios en el corto o mediano como para sustentarlas. Y la amabilidad alegre es una cualidad que posibilita a los que participan en tales relaciones, no solo beneficiarse de ellas, sino también disfrutar de ellas. Entonces, existen relaciones que verdaderamente valen la pena las cuales no son amistades y hay vidas en las que la amistad, como la he caracterizado, puede estar ausente.

El estar abiertos a la amistad también requiere, como previamente mencioné, un cierto tipo sensibilidad hacia los otros, una habilidad para reconocer oportunidades para la amistad cuando ellas ocurren. Y esta apertura es una cualidad valorable en sí misma. Esto caracteriza a aquellos cuyas expectativas no son demasiado fijas y estrechas, a aquellos que están preparados para ser sorprendidos, que están preparados para tomar el riesgo de ser decepcionados, a aquellos que están abiertos al pensamientos de que ellos mismos pueden ser, en algunos aspectos, diferentes de lo que hasta ahora han sido. Y estar abiertos a la amistad, aun cuando todavía no tengamos amigos, no es en absoluto un mal estado para estar.

La falta de apertura a la amistad puede provenir del orgullo, como señala el Aquinate, la clase de orgullo que encuentra expresión en una insistencia en seguir el propio camino, sin importar lo que otros puedan querer, en una tendencia a ser despectivo con los otros en diversos modos que hacen que se fracase en darles aquello que les es debido, y en un rechazo a aprender lo que uno necesita aprender de ellos. Es, en efecto, el orgullo el que nos hace, demasiado a menudo, ingratos como para recibir regalos, incluso para el regalo de la amistad. La falta de apertura para la amistad también puede ser el resultado de los deseos inmoderados. Aristóteles, en su discusión de la virtud que denomina «justicia particular» identifica el rasgo de carácter que se muestra en la justicia particular como la pleonexia, el deseo de tener más y más que otros, una codicia que encuentra su expresión en la competitividad (EE V, 1129b1 y 1130a24). Y ver a los otros como competidores que tienen que ser derrotados es lo mismo que ser incapaces para la amistad con ellos. Con todo, lo que por sobre todas las cosas se pone frente al camino de la apertura a la amistad es la falta de sinceridad. Y aquí mi argumento se vuelve totalmente circular. Los argumentos presentados en las secciones iniciales de este ensayo nos debieron haber dejado en claro cómo son las relaciones entre el lugar de la amistad y el lugar de la verdad y la falsedad en las vidas humanas. Y esto es porque la persona que no es sincera fracasa en reconocer el lugar que la falta de sinceridad tiene en la exclusión de la amistad.

La falta de sinceridad es solo una de las formas que toma tal fracaso y difiere significativamente de formas. Es posible no ser sincero sin mentir o cometiendo solo mentiras ocasionales. Lo que una persona que no es sincera puede hacer es presentarse a él o a ella misma como alguien diferente de lo que en realidad él o ella son, y esto por medio de una cuidadosa selección de lo que él o ella dicen, por medio de la sugerencia y omisión más antes que por medio de una afirmación explícita, por medio del gesto y la expresión facial, por el tono de la voz. La persona que no es sincera es un actor que es también el autor de su propio guion. Así, la persona que no es sincera no solo se disfraza a él o ella misma, sino también disfraza el hecho de que ella o él está disfrazándose a ella o a él mismo.

La persona que no es sincera invita a los otros a responder no a su realidad, sino a la a veces impresionante ficción que ella ha construido. Entonces el otro es puesto en desventaja y, cuando la invitación extendida a otro es o incluye un ofrecimiento de amistad, lo que es ofrecido no puede ser, de hecho, amistad. Porque uno está siendo invitado a cuidar de una ficción, no de un ser humano real. Entonces aparece allí un personaje que es crucial entender, si uno desea comprender la amistad, la amistad que se distingue de la falsa amistad. Los amigos falsos son a menudo una buena compañía. Ellos son capaces de atraer a aquellos que de otra manera podrían sentirse aislados. Ellos se presentan a sí mismo como personas necesitadas, como en la necesidad de un amigo que al que proveerán y que será agradecido por la oportunidad para proveer. Pero esta auto-presentación es una obra de arte, diseñada para engañar. Y las relaciones que resultan son como otras relaciones de explotación.

Es importante notar que una persona que es exitosa en su falta de sinceridad no solo engaña a otros, sino incluso, en ocasiones, a ella o él mismo, tomando ser lo que ella o él han pretendido ser. Y así, la insinceridad se convierte en una fuente de falta de autoconocimiento, y entonces, todavía de otro modo, en una barrera para la apertura a la amistad.

VI

He presentado lo que tomo por sólidos argumentos para cinco conclusiones en esta conferencia. Los cinco conjuntos de son demasiado cortos. Los cinco tienen presuposiciones que necesitan ser adicionalmente articuladas pero, si ellas pueden ser sustentadas, ponen en cuestión mucho de nuestros juicios convencionales acerca de la amistad. Permítanme recordarles uno por uno de ellos. La primera es que existen grandes dificultades en la manera de lograr una amistad para la mayoría de nosotros y que, si uno cree otra cosa, eso podría ser porque uno ha fracasado en distinguir la amistad de otros tipos valiosos de relación, familiar, colegial, y otras diferentes.

Mi segunda conclusión es que las amistades son, al menos para la vasta mayoría de nosotros, algo indispensable, si procuramos llevar una buena vida, y eso es en parte, aunque no solo, porque necesitamos otros que nos digan sinceramente lo que necesitamos conocer acerca de nosotros mismos. En efecto, nosotros necesitamos de otros que se preocupen por la verdad y la falsedad. Pero, si la amistad es, a la vez, indispensable y también algo muy difícil de obtener, nosotros podríamos ser propensos, o bien a caer en la desesperación, o bien ser víctimas de aquellos que pretender tener recetas para fabricar amistades. Ninguna respuesta está garantizada. Porque mi tercera conclusión es que la amistad no es un logro sino un regalo.

Fue la reflexión sobre la explicación del Aquinate acerca del lugar del don sobrenatural de la caridad en nuestras vidas lo que me llevó a esa conclusión. Pero he enfatizado y ahora subrayo que hay suficientes motivos seculares para arribar a esa conclusión. De esto no se sigue que las amistades no necesitan ser sostenidas por el trabajo, por un agradecido trabajo. Ni tampoco se sigue que no podemos prepararnos a nosotros mismos para la amistad. Porque resulta, y esta es mi cuarta conclusión, que las cualidades humanas que nos conducen a estar abiertos a la amistad son, en efecto, virtudes, excelencias que tienen que ser valoradas por nuestro propio bien.

En quinto lugar y finalmente, es entonces poco sorprendente que aquellas cualidades humanas que son incompatibles con la apertura a la amistad, y más notablemente aquellas que son tales porque exigen una indiferencia hacia la verdad, son vicios. Entonces, resulta que nosotros no podemos dar una descripción adecuada de la amistad sin relacionarla con cierta clase de vicios y virtudes, aun cuando esa descripción no es, en aspectos importantes, ni aristotélica no ciceroniana. ¿De quién, entonces, tenemos que aprender lo que la amistad es? En una parte importante, podría parecer que yo he sugerido, del Aquinate, pero decir eso es erróneo. Porque nosotros aprendemos de nuestros amigos aquello que la amistad es.


Is friendship possible? (Parte IV)


IV

En la primera parte de esta comunicación, presenté argumentos destinados a mostrar que, especialmente bajo las condiciones de la modernidad tardía, la amistad es algo difícil, incluso quizá imposible, de obtener. En la segunda parte, presenté argumentos diseñados para mostrar que las amistades buenas son indispensables, su que llevar vidas que valgan la pena. Pero en ambos casos mis argumentos daban por supuesta una concepción de las amistades como logros, no como algo que es un don. ¿Qué hace entonces la diferencia, si entendemos las amistades como dones?
En primer lugar, por supuesto, y más evidentemente, tenemos que reconocer que las buenas amistades pueden acontecer en ámbitos donde no tenemos razón para esperarlas, y pueden florecer en circunstancias que podrían aparecer como impropias y difíciles. Necesitamos estar abiertos a la posibilidad de la amistad, como comenté tempranamente, pero, como también ya he notado, puede no haber recetas para transformas las relaciones amistosas en amistades. Las amistades son algo impredecible.

En segundo lugar, y tan importante como lo anterior, tenemos que entender la relación entre las amistades y el crecimiento en el ejercicio de las virtudes de un nuevo modo. Es frecuente el caso de que las amistades proveen, a aquellos que son amigos, con lo que más necesitan, con lo que ellos no pueden encontrar en otra parte, si es que los amigos llegan a ser buenos, o al menos significativamente mejores de lo que previamente eran. Donde Aristóteles y Cicerón reclaman que las buenas amistades solo pueden darse entre aquellos que ya son buenos, nosotros tenemos que aprender a entender, en ocasiones, a la amistad como un tipo de prólogo a la virtud. ¿Y eso por qué?

Las buenas amistades son un medio para el auto-conocimiento. Las amistades sobreviven y florecer, como observé previamente, solo si cada amigo puede confiar en la veracidad de los otros. Y sin el autoconocimiento que es un resultado de tal veracidad todos nosotros seremos propensos a convertirnos en víctima de nuestra propia autoindulgentes fantasías. Nosotros nos imaginamos más encantadores de lo que somos, más interesantes de lo que somos, más capaces de lo que somos. Tales fantasías encuentran expresión en nuestras malas elecciones. De modo que, si vamos a elegir bien, necesitamos en autoconocimiento ofrecido por la amistad. Sin embargo, es el la persecución de los bienes comunes de la amistad que descubrimos que solo podemos obtener aquellos bienes si actuamos más justamente, más generosamente, de modo más temperado, y más valientemente de los que hasta aquí hemos actuado. Tal como las familias, cuando están en buen orden, son espacios para la educación en las virtudes en los comienzos de nuestras vidas, así pueden serlo las amistades en la edad adulta.

Aristóteles sostuvo que: “cuando los seres humanos son amigos, ellos no necesitan la justicia” (EN VIII, 1155a 26). Al hacerlo, ignoró todas aquellas situaciones en las cuales lo que un amigo valora más en otro es su persistencia en las justicia en circunstancias difíciles, o su disposición a reconocer que ha actuado injustamente, o bien hacia el amigo o bien hacia algún otro, y su reconocimiento de que ahora debe remediar el error que ha cometido.  Cada amistad que perdura por un considerable período de tiempo experimenta vicisitudes y momentos de crisis, momentos que pueden ser una ocasión para el crecimiento moral. El Aquinate tomó debida nota de una característica de la amistad que Aristóteles ignoró, cuando observó que: “cuando un hombre tiene amistad con alguien, él ama, por su bien, todas las cosas que a este le pertenecen, ya sean sus hijos, sirvientes, o lo relacionado con él en cualquier modo. En efecto, amamos tanto a nuestros amigos, que por su bien amamos todas las cosas que a ellos le pertenecen, incluso si ellas nos lastiman o nos odian” (S.T. IIa-IIae, 23, art.1, resp. obj.2). Esto es como decir, yo solo puedo cuidar de tu bien, si también cuido del bien de aquellos otros que tú tienes que cuidar. Así, el vínculo de la amistad es inseparable de otros lazos sociales, algunas veces de un tipo altamente desagradable. Y actuar con consideración hacia aquellos lazos puede requerir un alto grado de prudencia y justicia, sin hablar de paciencia y generosidad. Aquí, nuevamente, Santo Tomás corrige a Aristóteles. 

Sin el regalo de las amistades, nuestra vida social sería muy diferente en una variedad de maneras. La pregunta que surge es si las extendidas redes que componen nuestras vidas podrían ser sostenidas, si valoramos nuestras relaciones solo por su utilidad o por los placeres intermitentes que ellas nos ofrecen. Sustrae las amistades y mucho de la vida sería también descolorido. Al decir esto, no estoy desvalorizando los lazos de la vida familiar, o del lugar del trabajo, o de esas actividades en las que nos comprometemos en artes o deportes. Pero los amigos, como seguimos necesitando recordarnos a nosotros mismos, se preocupan de nosotros por lo que somos y no solo porque contribuimos a esta o aquella actividad. Estar así cuidados, nos da razón, como el Aquinate indica, para evaluar una variedad de otros tipos de relaciones.

La amistad, así entendida es, por lo tanto, algo que tenemos razón para celebrar, pero tal amistad puede también presentar una amenaza. ¿Hacia qué? Una amenaza al valor que nosotros ponemos en nuestra autonomía como agentes morales. Aquí el punto de vista de Kant acierta mucho más en el punto. En su tratamiento maduro de la amistad, en la segunda parte de su Metafísica de las costumbres definió la amistad como “la unión de dos personal a través de un igual amor y respeto mutuo”. El amor atrae, pero el respecto nos exige mantener nuestra distancia. Es “un gran peso sentirse a uno mismo ligado al destino de otros y cargado con las responsabilidades ajenas”. Además, si alguno acepta un beneficio de otro, entonces existe un propósito de alcanzar una igualdad de respeto entre ellos, ya que el que recibe el beneficio “se ve a sí mismo claramente como en un escalón más bajo, ya que está obligado y, todavía, no es recíprocamente capaz de obligar”. Entonces, la igualdad requerida por la amistad es destruida. Lo que la concepción kantiana del agente moral autónomo excluye es la posibilidad de tener un cuidado fuera de todo cálculo por el bien del otro, de modo que las cuestiones acerca de la equidad y la inequidad en el dar y el recibir no son planteadas.
Cuando ellas surgen, es un signo seguro de que la relación en cuestión no es una amistad como yo la he estado describiendo, no es la amistad como un don. Este tipo de amistad se hizo invisible, para Kant de la misma manera que más tarde lo fue para Nietzsche. Y no es algo sin importancia que Kant, y un tan notorio antikantiano como Nietzsche, deban tener esto en común. Ellos, como muchos otros, comparten una concepción de un tipo de independencia que un agente que se respete a sí mismo debe tener, se trata de un tipo de independencia que excluye el estar abierto a la amistad como un don.


Is friendship possible? (Partes II y II)


Comparto la traducción de las partes II y III del texto de la última conferencia de nuestro autor.

II

Cabe comenzar desde un nuevo punto de partida preguntando qué es lo que necesitamos de cada uno de los otros como agentes humanos, es decir, no como agentes que desempeñan determinados roles particulares. Esto depende de nuestro ser el tipo de animal que somos, animales racionales que, a la vez, comparten una capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso y una necesidad de juzgar verdaderamente; una necesidad de tener mentes informadas por una conciencia y una comprensión de cómo las cosas, de hecho, son; se trata de una capacidad que no es poseída por animales de otras especies, no importa cuán talentosas sean. En la medida en que nuestras mentes no están así informadas, nosotros estaremos inclinados a extraviarnos en una variedad de modos, a ser víctimas de la ignorancia, el error, la decepción y la auto-decepción. Así, comenzamos a ser incapaces de florecer. Tomaremos malas decisiones, ya que solo podemos evitar tomar una mala decisión deliberando en compañía de cierto tipo de otros… tales otros tienen que ser investigadores perceptivos en aquellas materias con las que ellos y nosotros estamos ocupados en la vida diaria. Tales otros no solo son escrupulosamente veraces, ellos se preocupan suficientemente de nosotros y de nuestro florecimientos como seres humanos a la vez que nos insisten en que lleguemos a ser veraces, de modo que con su ayuda podríamos llegar a ser capaces de corregir nuestros errores y liberarnos a nosotros mismos de nuestras ilusiones. Cada uno de nosotros necesita tales otros, si queremos ser capaces de deliberar bien y hacer buenas elecciones. Cada uno de nosotros necesita a tales otros, si aspiramos a obtener el tipo de autoconocimiento que nosotros necesitamos.
Cuando somos niños y adolescentes, esas necesidades son satisfechas por nuestros padres, por otros miembros mayores de la familia, y por nuestros maestros. Y, por supuesto, los malos padres y los malos maestros son ellos mismos fuentes frecuentes de error e ilusión. Pero, ¿qué sucede después en nuestras vidas? Desde la adolescencia en adelante, los buenos amigos comienzan a ser indispensables. Nótese ahora que, aunque los amigos en realidad proveen a cada uno lo que cada uno necesita, la amistad no es algo para ser pensado en términos de reciprocidad, o de un intercambio de servicios, en los cuales cada uno se muestra providente con los otros solo porque, o principalmente porque, esos otros se muestran providentes hacia ellos. La amistad no descansa sobre un cálculo de costes y beneficios. Existen, por supuesto, tipos de relaciones que tienen que ser caracterizadas de ese modo, amistades, como Aristóteles podría haber dicho, de utilidad mutua. Pero aquellas no son amistades, de acuerdo a como yo ahora las estoy identificando. Ya que, lo que importa acerca de la amistad, como ahora la estoy caracterizando, es que cada amigo cuida genuinamente a la vez del otro, y del bien del otro, y encuentra en ese cuidado una razón suficiente para actuar como lo hace. Tales amigos, por lo tanto, se preocupan no solo de que el otro sea rescatado del error y la ilusión, sino también, más particularmente, de que el otro aprenda a reconocer aquellos errores e ilusiones hacia los cuales es particularmente susceptible de ser víctima. Nótese ahora una quizá inesperada condición para que eso sea posible.
Tales amigos, si funcionan bien como ese tipo de amigos, deben disfrutar cada uno de la compañía de los otros y deben aun disfrutar dedicándose a cuestiones relacionadas con la verdad y la falsedad. Nosotros podemos, es importante notarlo, disfrutar a nuestros amigos aun cuando los encontremos irritantes. Porque de otra manera, tales amistades podrían ser a menudo también una tarea pesada, relaciones quizá necesarias pero no deseadas. Así, aunque el placer obtenido en ellas no puede ser, por sí mismo, solo el motivo para comprometerse en ellas, la amistad debe ser contada entre los aspectos más agradables de la vida. Utilidad, placer, y virtud, todo ello encuentra un lugar en tales amistades, y es crucial que las relaciones entre estos tres elementos deban ser de un cierto tipo, más especialmente el respeto compartido por la veracidad que está en el corazón de tales amistades, no debe ser socavado por momentos cuando la utilidad o el placer podrían ser atendidos, si uno o ambos de los amigos llegaran a ser falsos, cediendo a las tentaciones de la mentira útil o la mentira agradable, tipos de tentaciones que, después de todo son endémicas en nuestra cultura, donde la habilidad para contar una mentira útil o una mentira agradable es a menudo contabilizada como una virtud.
He estado describiendo como sienten, piensan y actúan los buenos amigos en sus intercambios cotidianos. Pero ellos, en sí mismos, solo raramente y más probablemente nunca, pensarán sobre su relación en el modo en que  yo lo estoy haciendo. Ellos son sensibles entre sí y con aquello que les importa y esa responsabilidad tiene que ser en ciertos modos irreflexiva. Es bueno para nosotros tener amigos, pero no es bueno para nosotros tener amigos solo porque hemos argumentado hacia la conclusión de que es bueno para nosotros tener amigos y es peor aún tener amigos solo porque algunas teorías nos dicen que es bueno para nosotros tener amigos. Estoy tentado, por un momento, de albergar el pensamiento de que quizá existen, por un lado, aquellos que tienen, y son, buenos amigos, y que hay, por otro lado, aquellos que van a conferencias sobre la amistad y leen artículos sobre la amistad. Pero resistiré esa tentación.

III

Si los argumentos planteados en la primera parte de este documento tienen alguna sustancia, las amistades dignas de ese nombre deberían ser muy pocas y muy distantes entre sí, especialmente en las sociedades modernas. Si los argumentos planteados en la segunda parte tienen alguna sustancia, entonces nuestra situación como agentes sin amigos sería casi intolerable, mucho pero de lo que de hecho es. Entonces, ¿cómo podemos hacer justicia a ambos conjuntos de argumentos y también a nuestras experiencias de amistad? Tenemos que comenzar reconsiderando la condición humana de un modo más general, y lo haré de ese modo al identificar algunas diferencias claves entre la concepción del Aquinate de cómo somos los seres humanos con la concepción de Aristóteles, sobre la cual Santo Tomás se movió tan libremente. En todo caso, existen tres diferencias que son clave. La primera es el contraste entre, por un lado, el reconocimiento que hace Santo Tomás del amplio rango de modos  y grado en los cuales los agentes humanos de todo tipo y clase tienen éxito o fracasan desarrollar y ejercitar las virtudes y se dirigen a sí mismo hacia su fin último y, por otro lado, la insistencia de Aristóteles en la incapacidad de la mayoría de la humanidad –mujeres, aquellos que no son griegos, trabajadores manuales, esclavos (eso es, esencialmente, tu y yo)- para ejemplificar la vida virtuosa. Los prejuicios de Aristóteles están, por supuesto, en desacuerdo con su pretensión filosófica de haber identificado el telos humano como tal y la virtud humana como tal. Al ignorar silenciosamente esos prejuicios, el Aquinate lo rescató de una evidente inconsistencia, haciéndolo bastante más sencillo para aquellos de nosotros que son mujeres, que nos son griegos, que son trabajadores manuales, o que son los descendientes de los esclavos para juzgar las aseveraciones filosóficas de Aristóteles acerca del telos humano y las virtudes en sus propios méritos.
En segundo lugar, el Aquinate presta significativamente mayor atención a la condición de aquellos que no son completamente virtuosos. Mientras que Aristóteles y Santo Tomás están de acuerdo en que nadie puede tener la virtud de la phronesis, prudencia, sin tener las otras virtudes morales (EN VI, 1144b32-1145a2), para Santo Tomás es claro que los individuos pueden variar, y lo hacen, en las virtudes que poseen y en el grado en el que ellos las poseen: “Si nosotros consideramos la virtud desde la perspectiva del sujeto que participa en ella, entonces ella puede ser mayor o menor, ya sea en momentos diferentes in la misma persona o en personas diferentes”  S.T. Ia-IIae 66,1). Así emerge un retrato más reconocible de la humanidad (“Y algunas veces me pregunto a cuántas personas conoció en realidad Aristóteles”), uno en el cual la educación moral se ha convertido en el trabajo de toda una vida y el fracaso moral en este o aquel aspecto es una característica recurrente y distintiva de nuestras vidas. Importa, por supuesto, que el Aquinate escribe como un teólogo cristiano y, por lo tanto, como alguien para quien la pecaminosidad es una de los hechos clave acerca de los seres humanos. Pero como filósofo su caracterización de la condición humana es informada por una comprensión de aquellos mismos extravíos del deseo y la voluntad, los cuales como teólogo él los trata como debidos al pecado.  
El Aquinate distingue entre lo que él denomina virtudes perfectas y lo que llama virtudes imperfectas; estas última son inclinaciones que felizmente coinciden en algún modo o en algún grado con los requerimientos de alguna virtud. Algunos de nosotros tenemos en determinadas ocasiones una inclinación natural a actuar como lo requiere alguna virtud particular. Nosotros estamos, por temperamento, dispuestos a ser valientes o, también, generosos, o quizá bondadosos. No necesitamos ser educados y disciplinados en orden a actuar –en algunas ocasiones- como actúa una persona valiente, generosa o buena. Pero, solo porque eso es así, no somos ciertamente virtuosos. En situaciones difíciles, nos faltará la disciplina para actuar como la virtud requiere. Cuando actuamos de este modo, es bueno que así lo hagamos, y nuestras inclinaciones naturales puede ser un buen punto de partida para nuestra educación moral, pero las acciones resultantes de ello no son signos de nuestra bondad, de nuestra orientación hacia el fin último. Al hacer esta distinción entre las virtudes perfectas e imperfectas, Santo Tomás estuvo desarrollando la distinción aristotélica entre la moral y las virtudes naturales. Pero luego lo utilizó de un modo que Aristóteles nunca había previsto, como cuando presentó una triple descripción de las virtudes en las Quaestio disputata de virtutibus cardinalibus.
Esta descripción da expresión a una tercera diferencia clave con Aristóteles. El Aquinate encuentra que es imposible caracterizar, y mucho menos explicar, los diferentes modos y grados en los cuales las virtudes morales son desarrolladas y ejercitadas sin encontrar aplicación para el concepto de caridad, un concepto que, como era de esperar, no encuentra lugar en el pensamiento de Aristóteles. Como pensador aristotélico, el Aquinate reconoce que los agentes humanos, por naturaleza y hábito, emprendemos una variedad de actividades y obtenemos un conjunto de bienes antes e independientemente de cualquier don de la Gracia. Así, dice el Aquinate, los agentes humanos son por naturaleza “capaces de obrar de un modo que les conduzca a unos determinados bienes que les son connaturales, tal como trabajar en los campos, comer, beber, o hacer amigos, y otras cosas semejantes” ( S.T. I-IIae 109, 5, resp.). Hasta qué punto ellos obtengan los bienes relevantes dependerá de la medida en que ellos han adquirido las virtudes pertinentes, y es aquí donde el Aquinate, en las Quaestio disputata de virtutibus cardinalibus, distinguió tres grados, tres niveles de consecución, en el desarrollo y ejercicio de las virtudes.
En el primer nivel, los agentes parecen exhibir, al menos en parte, una o más virtudes en sus acciones, pero eso solo porque, o bien, sus inclinaciones naturales se muestran en tales acciones, o porque han desarrollado los hábitos pertinentes, aunque solo de un modo parcial y limitado. No existe sentido de unidad en sus vidas morales, porque no se dirigen hacia un único fin, y mucho menos se da un fin último hacia cuya obtención sus acciones están dirigidas. El contraste se da con los agentes del segundo nivel, cuyas acciones exhiben, aunque con grados que varían, no solo las virtudes cardinales, justicia, templanza, y valentía, sino también la prudencia –la phronesis aristotélica- como virtud unificadora. Los agentes necesitan la prudencia para juzgar adecuadamente lo que las virtudes requieren en ocasiones particulares y para dirigirse hacia el fin último que es suyo en razón de su naturaleza específica. Ser prudente es razonar como lo exige la razón práctica. Y uno no puede ser prudente sin tener las otras virtudes morales, precisamente como uno no puede tener las otras virtudes morales sin ser prudente. Con todo, el fin hacia el cual los agentes son dirigidos por la prudencia es su fin natural y no sin fin último, que es Dios. Pero los agentes no pueden ser dirigidos hacia Dios como fin último, a menos que sus acciones estén informadas por la caridad. Así existe un tercer tipo de vida virtuosa. 
Es aquel en el cual los agentes están inclinados hacia todas las virtudes simplemente porque sus acciones son expresión no solo de la naturaleza y el hábito, sino también de la gracia y la de caridad. Las acciones de sus vidas diarias están dirigidas hacia un fin más allá de aquél hacia el cual los dirige la prudencia. Pero ahora es importante destacar tres cosas. La primera es que tales agentes actuarán, en muchas situaciones, como actúa un agente prudente. Sus vidas serán, la mayor parte del tiempo, o casi siempre, indiferenciables de aquellos otros agentes simplemente justos, templados y valientes. Con todo, en segundo término, que sus acciones estén informadas por la caridad solo es posible a causa de un don sobrenatural de la gracia. Ellos no tienen este don para actuar como lo hacen dentro de ellos solo a causa de su aptitud natural o entrenamiento. Y, en tercer lugar, este particular don de la gracia no se restringe a los creyentes o cristianos bautizados, incluso muchos de tales cristianos evidentemente carecen de esas virtudes en las cuales el don encuentra su expresión.
Si el Aquinate está en lo cierto, entonces existe algo de crucial importancia que ha desaparecido de la descripción aristotélica de la vida moral, e incluso de las descripciones propuestas por la mayor parte de los filósofos morales antes y después de él. Pues, si Santo Tomás está en lo cierto, hay entonces muchos agentes cuyo ejercicio de las virtudes no puede ser solamente descripto por lo que conocemos acerca del desarrollo de sus hábitos y el ejercicio de sus capacidades naturales. Ellos actúan en modos en los que un agente humano no podría ser esperado que actúe. Ellos actúan mejor de lo que cualquier agente humano podría razonablemente actuar. ¿Esto significa que estamos obligados, con el Aquinate, a dar una descripción teológica de sus acciones? No totalmente. Un distinguido filósofo analítico, un colega y amigo, una vez me dijo: “No tengo en absoluto creencias religiosas. Pero creo en la gracia”. Aquello que él nombró al utilizar la palabra ‘gracia’ en ese modo secular fue solo ese aspecto de la vida moral que he estado identificando: aquellas ocasiones en las cuales los agentes actúan con un cuidado de la justicia o la generosidad o la valentía que va más allá de cualquier cosa que pueda ser considerada como perteneciente a su naturaleza o educación. Para aquellos que se benefician de esa justicia o coraje o generosidad y de hecho también para los mismos agentes, lo que ellos son y hacen en tales ocasiones es un don, algo para lo cual podría parecer apropiado sentir y expresar gratitud, aun cuando no les resulte de ningún modo claro hacia quien tienen que estar agradecidos.
Lo que ahora quiero sugerir es que las buenas amistades están entre esos aspectos de la vida moral que he estado identificando como regalos. Con esto no quiero implicar que la formación previa de aquellos que llegaron a ser buenos amigos con otras personas no sea importante. Generalmente importa mucho si las personas están o no preparadas para la amistad, si aprovechan o no la oportunidad de la amistad. Sin embargo, siempre hay algo más para las amistades buenas que aquello que cada uno de los amigos lleva a la relación y es precisamente eso que inclina a cada miembro de la relación tanto hacia el bien de su amigo como a su propio bien.
Presentaré esto de otro modo: nosotros nunca merecemos tener buenos amigos. Las amistades no son premios otorgados a causa del merecimiento. Podemos, por supuesto, destruir una amistad actuando malamente hacia un amigo y entonces mereceremos en efecto el fracaso de esa amistad. Pero el bien de la amistad se encuentra más allá del merecimiento y del cálculo. Por lo tanto, se cuenta entre aquellos que puede ser caracterizado como dones auténticos. Uso aquí la palabra ‘auténtico’ para distinguirlo del tipo de regalo del que se habla cuando nos referimos a aquello que es dado y recibido por los miembros de una red de donantes y receptores, cada uno de los cuales calcula que, si se da algo de tal o cual valor, entonces esperará recibir algo de, al menos, igual valor. Pero lo que resulta de tal cálculo es muy diferente de la amistad, incluso de aquellas relaciones sustentadas por la mutua utilidad que Aristóteles caracteriza como un tipo de amistad.

Is friendship posible? (Traducción al español de la última conferencia de MacIntyre)

Les comparto la primera parte de la última conferencia de nuestro filósofo realizada en 8 de Noviembre de 2019 en el Nicola Center for Ethics and Culture


En la primera parte de este documento, presentaré argumentos convincentes cuya inquietante conclusión es que la amistad, correctamente entendida, es difícil y a menudo imposible de alcanzar, especialmente bajo las condiciones características de la modernidad contemporánea. En la segunda parte presentaré un argumento convincente, cuya conclusión es que la amistad es indispensable para los agentes humanos, cualquiera sea su situación o condición, cualquiera sea su tiempo y lugar. En la tercera parte, procuraré repensar la concepción de una buena amistad, en orden a mostrar que, solo cuando encontramos un modo de dar el debido paso a los argumentos precedentes (primera y segunda parte) seremos entonces capaces de entender la amistad adecuadamente.

                                                                       I

Nosotros reconocemos lo que es la amistad más claramente, cuando nos pasa que estamos en gran necesidad de contar con un amigo y a pesar de todo “nadie está a la mano para jugar ese papel”. Nuestros amigos pasados están, como sucede en esas situaciones particulares, ausentes, o muertos o perdido a causa de una pelea. O quizá sea que, tristemente, nunca hemos tenido algunos amigos verdaderos. El tipo de situación que tengo en mente es una donde nos encontramos a nosotros mismos en alguna circunstancia amenazante y no sabemos cómo responder frente a ella. Aquellos con quienes usualmente dialogamos de manera reflexiva no pueden proveernos de lo que necesitamos, quizá porque nuestras relaciones con ellos son aquellos que nos ha puesto es esa difícil situación. Entonces, ¿qué es lo que nosotros necesitamos? Alguien que sea suficientemente cuidadoso para escuchar de manera paciente y atenta aquello que nosotros decimos, alguien que nos conozca suficientemente bien como para hacernos las preguntas correctas, alguien suficientemente comprensivo como para ser capaz de entender como son las cosas desde nuestro punto de vista, alguien suficientemente objetivo como para reconocer las limitaciones de nuestro punto de vista, aquello que, acerca de nosotros mismos o de otros, estamos fracasando en reconocer o entender, alguien capaz de decirnos la verdad.

En consecuencia, es solo cuando nos hemos dado cuenta de lo que es necesitar a un buen amigo que nosotros comenzamos a ser capaces de preguntarnos a nosotros mismos sobre qué tipo de persona tendríamos que llegar a ser, si fuésemos a ser buenos amigos de alguien más. Entonces, ¿dónde tenemos que ir para encontrar una respuesta a esta cuestión? Existen muchas –demasiadas- voces que pretenden proveer respuestas, pero, ay!, las respuestas son característicamente inútiles y engañosas. Vamos, por ejemplo, a Cicerón, y te será dicho que la amistad solo puede ser entre los buenos y que los buenos tiene que exhibir una asombrosa variedad de virtudes: “fe, integridad, equidad, liberalidad” (De Amicitia, 19); un catálogo de virtudes en las cuales muchos de nosotros, si somos honestos, sabemos que somos deficientes la mayoría del tiempo. Aristóteles, al menos, admite que es solo en el tipo perfecto de amistad que se requiere de nosotros ser modelos de bondad. Nosotros podemos, sin ser buenos, participar en amistades de mutual utilidad o de placer compartido. Pero, incluso, eso es, o debería ser deprimente para muchos de nosotros. Por qué necesitamos en las ocasiones más importantes, cuando necesitamos amigos –en el tipo de situación que recién he descripto- son amistades sustentadas por un buen acuerdo, más que la posibilidad de la utilidad mutua o el placer compartido. Con todo, para tales amistades, así nos dice Aristóteles, necesitamos ser buenos en unos determinados modos y grados que, una vez más, si somos honestos, muchos de nosotros sabemos que no lo somos.

Otras voces muy diferentes y más recientes nos dicen ‘como ganar amigos e influir en las personas’; ese fue el título del libro de 1936 masivamente vendido cuyo autor era Dale Carnegie´s, con sus consejos sobre cómo asegurarse que otros sean seducidos –esta son mis palabras, no las de Carnegie´s- por nuestra simpatía y así sean persuadidos a adoptar nuestro punto de vista, cualquiera que este pudiera ser. Como el propio Carnegie ha tenido muchos sucesores en los últimos ochenta años, autores de una variedad de recetas para fabricar amistades. Pero es, por supuesto, crucial que unas genuinas amistades no pueden ser fabricadas. Lo que puede ser fabricado es un cierto tipo de sociabilidad superficial, una sociabilidad que ninguna persona íntegra podría confundir con la amistad, pero que en mucho de nuestro lenguaje ordinario es así confundida, como más recientemente en muchas expresiones corruptas de Facebook. Supóngase, sin embargo, que uno no permite ser engañado por esta retórica. Entonces, ¿cómo pensará uno de las posibilidades presentes de la amistad? 

Una respuesta notablemente influyente fue provista por Nietzsche en Humano, demasiado humano: “Solo reflexionando contigo mismo sobre cuán diversos son los sentimiento, cuán divididas las opiniones incluso entre tus conocidos más cercanos, cuán incluso las mismas opiniones son de un rango de intensidad bastante diferente en las mentes de tus amigos que en las tuya, cuán numerosas son las ocasiones para los malos entendidos, la hostilidad y la ruptura. Luego de reflexionar sobre todo esto, debes decirte a ti mismo: cuán incierto es el terreno sobre el cual todas nuestras amistades y alianzas descansan”. (376). Nietzsche concluye: “sí, hay amigos, pero es un error y un engaño respecto de ti mismo lo que los condujo hacia ti; y ellos deben haber aprendido cómo mantener silencia en orden a conservar tu amistad. Así, para Nietzsche la amistad como los autores clásicos la entendieron y como yo la he entendido es, a la vez, algo descartado. La veracidad y la amistad resultan ser incompatibles. Nosotros podemos permanecer amigos –o más bien amigos aparentes- con otros solo ocultándonos a nosotros mismos. ¿Qué hay –si es que existe algo- para replicar a Nietzsche?

Podríamos intentar responderle con un cierto tipo de ejemplo. Considérese una experiencia recurrente en la vida militar, en la segunda guerra mundial, en Vietnam, en Iraq o Afganistan. Un grupo de soldados son enviados juntos a patrullar un territorio peligroso. Ellos se cubren mutuamente, toman riegos para en lugar de cada uno de los otros, en ocasiones ellos se deben la vida el uno al otro. Una vez acabado el deber, ellos beben y se divierten. Ellos disfrutan cada uno con la compañía de los otros. Ocasionalmente, ellos conversan sobre sus familias Si no hubiese sido por el ejército, ellos nunca se hubieran encontrado, con todo, ellos han sido capaces de confiar el uno en el otro, como Nietzsche y sus amigos no confiaron en nadie. ¿Es este un ejemplo relevante de amistad?

Valiosas como tales relaciones, en efecto, son, la respuesta tiene que ser “no” y esto por dos razones. La primera es que este tipo de relaciones son, por su naturaleza, temporales. Fue un accidente lo que provocó la relación y, cuando su servicio en el extranjero esté terminado, esos soldados generalmente nunca más se ven los unos a los otros nuevamente. Así sucede con muchas otras relaciones en nuestro orden social. Nos encontramos a nosotros mismos colaborando en un proyecto difícil que requiere de nosotros pasar tiempo con otras personas particulares en cuya experiencia y bondad nosotros tenemos que confiar. Aprendemos a disfrutar de su compañía y llegamos a estar agradecidos con ellos como ellos lo son con nosotros. Así puede suceder en un ambiente de trabajo, con los miembros de un equipo en diferentes deportes o con los miembros de un cuarteto de orquesta. Tales relaciones tienen, por un tiempo, una gran importancia, pero ellas pasan por accidente y son temporarias. Y lo que es más, y esto es una razón adicional para no contabilizar a estas relaciones como amistades, aquellos comprometidos en tales colaboraciones cuidan los unos de los otros solo qua colaboradores en un role particular. Ellos no se cuidan los unos de los otros por lo que ella o él son en sí mismos, aparte de cualquier papel que desempeñen en un momento particular...  Eso solo es suficiente para distinguir tales relaciones de las amistades, aunque, como enfatice antes, tales relaciones pueden ser, y a menudo son, de crucial importancia en nuestras vidas.

Ellas incluyen todas aquellas relaciones en las cuales nosotros cuidamos de otros qua padres o hijos, qua hermanos, qua compañeros de trabajo o colegas, qua escalador de superficies rocosas, qua cantante en coros, qua compañero actor en un escenario, qua miembro de un equipo quirúrgico. Dada la ineludible importancia de tales relaciones multifacéticas tienen en nuestras vidas, incluso aunque ellas no son amistades, alguien podría pues preguntas: ¿Quién, después de todo, necesita amigos y por qué? Si no hubiera tal cosa como la amistad, como sugieren los malos argumentos de Dale Carneggie´s en sus muchos modos diferentes, como sugieren los buenos argumentos de Nietzsche, y como sugieren nuestros ejemplos, ¿qué, si alguna, cosa podría faltar de nuestras vidas? ¿Qué es lo que necesitamos cuando necesitamos amigos? ¿Qué es lo distintivo en relación con la amistad?

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